A Julieta

Siempre quise que la mujer con la que compartía mi vida me llevase a París.

Hasta que París se vino a vivir conmigo.

He descubierto que el amor es lo que queda cuando a una cebolla le quitas todas las capas. El núcleo desnudo del envoltorio opaco que protege al corazón.

Siempre he sentido que era yo quien fabricaba el molde, el amor a quien viniese. Hasta que por una vez, he sentido que alguien traía el amor por hacer. Un traje a medida de abrazos sin dobladillos. La horma del zapato que siempre pierdo por el camino.

El amor sin prisa del que nada lleva detrás. Del que le importa siete céntimos de euro lo que venga por delante.

Tú, que la única victoria que asumes, es con mayúsculas. Que los errores se te llenan de cunetas. Que los recuerdos los repartiste a partes iguales. Todo para ti.

Que me escribes la vida en cursiva.

Llegó quien puso el tipo de interés más alto al abandono, la nostalgia con la cabeza en las vías del tren y leyendo una carta a Julieta, tan sólo supo mirarme y decirme:

Y si…

Carta de disculpas

Aprendí a vivir el mismo día en que comprendí que podía llenar el precipicio de recuerdos y seguir así adelante.

Discúlpenme ustedes.
Los que me leen mientras atisban la duda sobre si esto es realidad o simple tragicomedia.
Los que se abalanzan sobre las letras con hambre de desconsuelo.
Todos aquellos que me miraron sonreír y pasaron de largo, sabiendo que nada iba bien.
A quienes fueron al dentista para tener sonrisas perfectas.
A los que saciaron su sed en coños ajenos a la ley.
Los que rebuscan en la basura de las vidas plagadas de flores, buscando marchitar el jardín.

Pero ésta no es mi guerra.
Al igual que yo jamás
combatiré en las suyas
por menguar una sola de sus tristezas.

Han dejado la huella al descubierto.
Como el incendio que arrasa el bosque dejando tras de sí el esqueleto inerte,
la sonrisa desgastada,
los pantalones por los tobillos
Y la dignidad bajo los pies.

Queriendo ser los primeros de la triste cola de la tristeza en un bar.
Queriendo ser los últimos en asomaros al escote indiferente de aquella de la que hoy, sólo os queda el recuerdo.
Queriendo abrazar la codicia de ser alguien intentando ser otros.
Burdas copias de otros que a su vez, son burdas copias de otros.

Ésta ya no es mi guerra
y aunque no podáis aceptarlo,

Ya estamos todos muertos.

De lo sutil de tu mensaje

Se ha derrumbado la puerta
Y todos los muros han sonreído.

Ha sido justo el momento en el que me he asomado a la ventana, para ver si la vida de los demás seguía siendo una basura igual o peor a la mía.
Justo, en ese preciso instante, ha sonado el teléfono, han ardido las cortinas, se han encharcado los pulmones, se han retraído las facturas amontonadas, se han volado los pájaros sobre mi lápida, se han vestido las promesas de verde, se han armado los ejércitos de mariposas muertas, se ha sonrojado un ciego al ver el amor, se ha caído una nube que no podía llorar, se han salvado todos en la lista del paro y hasta he visto a algún político dimitir.

Eras tú.

-Ya llego-

Tengo

Tengo a la soledad desnuda por casa.
Pavoneándose vacilante.
Como todos esos machos alfa, cargados de versos que se te arriman al escote cada noche, cuando vas a esos bares donde apremia la certeza de saberte sola para volver a casa acompañada.

Tengo un juego de sábanas por estrenar.
Como ese vestido nuevo que ibas a usar para mí, pero que otros ojos cualesquiera habrán sembrado en él las manchas del deseo.

Tengo un nuevo bar dónde no tengo amigos.
Donde los días de entre semana huele a carajillo y a carajazo de derrotas esparcidas por todos esos tipos, que hartos de mascullar la penuria de un Playboy del 78, se desnucan al ver pasar por la cristalera la tersa juventud.

Tengo un nuevo poema que jamás acabará en un libro.
Por no dedicarte más hojas entristecidas, ni tachones, ni repudios, ni improperios, ni atenciones, que entre otras cosas,
ya no mereces.

Tengo una bala en la recámara,
Para matar tu recuerdo.

La felicidad

Me ha pillado la felicidad por sorpresa
y tan sólo he podido hacerme el muerto.

Tengo una colección de pastillas que un hombre tras una bata tras un diploma, me ha dicho que debo tomar.
Me dice que en ellas radica mi felicidad y que los efectos secundarios son eso, secundarios.

Ha sido mi primera muerte
no premeditada.

El primer aviso.

Aprendí temprano a atarme los cordones, para así jugar por el césped descalzo y volver a casa como si nada. Porque en realidad todo.

Ahora mismo hay alguien queriendo ser alguien que nunca fue.

Como las margaritas mutiladas por enamorados,
Como los alcohólicos que no lo son abofeteando a quien le sustenta aún al suelo,
Como la heroína, que no vuela
Y te hace caer.

Soy quien comienza la guerra
             rindiéndose.

Hoy la felicidad me ha pillado por sorpresa
Y no sabiendo que decir,
He llorado.

La felicidad

Me ha pillado la felicidad por sorpresa
y tan sólo he podido hacerme el muerto.

Tengo una colección de pastillas que un hombre tras una bata tras un diploma, me ha dicho que debo tomar.
Me dice que en ellas radica mi felicidad y que los efectos secundarios son eso, secundarios.

Ha sido mi primera muerte
no premeditada.

El primer aviso.

Aprendí temprano a atarme los cordones, para así jugar por el césped descalzo y volver a casa como si nada. Porque en realidad todo.

Ahora mismo hay alguien queriendo ser alguien que nunca fue.

Como las margaritas mutiladas por enamorados,
Como los alcohólicos que no lo son abofeteando a quien le sustenta aún al suelo,
Como la heroína, que no vuela
Y te hace caer.

Soy quien comienza la guerra
             rindiéndose.

Hoy la felicidad me ha pillado por sorpresa
Y no sabiendo que decir,
He llorado.

Último adiós

He sentido tres veces como me desprendía de todo y despertaba días después en una cama de hospital.

El abandono irracional de todo lo racional. La muerte de los veranos que pesan sobre la conciencia.
La insensatez de creer que estaba ganando,
Cuando todo estaba perdido.

He sonreído al ver como aquel líquido negro viscoso había absorbido hasta el último ápice de dignidad, mientras una mujer de bata blanca me preguntaba si el fin era morir.

-Por supuesto que quería morir. Nadie engulle esas cantidades de felicidad y alcohol si no quiere morir-

Quince días recluido en una unidad de psiquiatría.

Pronóstico reservado. Como las quinielas.

La muerte nunca era lo importante, sino las piezas sueltas del puzzle que dejaba tras de mí y que otro debería completar sin éxito y sin gloria.

Quien daría de comer a los gatos, vería crecer a aquellos dos niños, qué les dirían cuando preguntasen por mí, que harán los números rojos, ¿se pondrán de luto en el funeral?, un libro a título póstumo, una biografía no autorizada.

Un revés multiplicado por tres y la certeza de que a la cuarta iría la vencida, como yo.

Recuerdos pegados en paredes de mujeres abandonadas, deshechas o aliviadas por la noticia. Una firma en una hoja cualquiera, diciendo una verdad sobre la vida que nunca me atreví a vivir.

Nadie te ha dado vela en este entierro,
Pero puedes soplar la mía.

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Llámalo X

Me sigo haciendo el duro
y me camuflo con la pared.
Con el asfalto del que sí salta.

Soy la única flor del parque
que desea ser arrancada de cuajo.
Sin preguntas previas.
Sin deámbulos.

Ya no me mareo con la misma facilidad de antes y es que la vida ya ha dado muchas vueltas.
Aunque no todas.

Quiero que me metan el frío dentro
y el invierno dure cien años.
Que saquen mi bandera blanca
Y con ella limpien mis restos.

He comenzado a buscar el amor medible, cuantificable, mesurado y racional.
Porque todo lo demás,
eras tú.

Hazme el amor de cena,
ha sido una infancia larga.

Me olvidé

Hace tanto que no sé querer,
Que ya no duele.

Me recuerda a la lata sin etiqueta que nadie quiere abrir, a la media cebolla en la nevera, que sabe que nunca será manjar.

Mustia muere sola.

Ya no duele el “tenemos que hablar”

Me alivia

La rancia despedida de palabras que proyecta su boca y que no sabe, ni sabrá, que ya no impactan en mi pecho.

Hace tanto que no sé querer
Que las margaritas sonríen al verme pasar, sabiendo que no seré yo el verdugo de la duda infinita, que deshoje campos enteros, por una sola flor.

Siempre he pensado que un corazón destrozado, no haría ruido ninguno al latir. Pero del último portazo saltó por los aires y del estruendo aún resuenan las hostias de la vida, las heridas de la infancia, las cicatrices de adolescente y una muerte prematura.

Hace tanto que no sé querer,
Que hasta guardo buen recuerdo de ti.

Tápame la boca
que se me escapa la vida escribiendo.

Culpable

Es por justicia poética
que me declaro culpable.

De los tratos con los ojos cerrados,
De las manos atadas de incertidumbre,
De la nostalgia a sorbos,
De las despedidas cruzando los dedos mientras decía aquello de “volveré”,
De los arañazos al pasado,
De las vendimias de besos,
Del resentido de lo sentido,
De cuanto dije cuando callaba,
De cuanto callé mientras hablaba,
De las farolas indecisas,
De las hojas rebeldes del otoño,
De la poesía en bragas,
De tus bragas siendo poesía,
Del armario vacío,
De la nevera vacía,
De la cartera vacía,
De las promesas llenas,
Del colchón deshabitado.

Me declaro culpable,
Pero también en rebeldía.

No quiero ser el primer amor de nadie,
Ni el primer nadie de un amor.