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Me he roto

Me he roto.

Quizá mas literalmente que nunca. Figuradamente. Metafóricamente.

Me he roto.

Tengo casi 32 años, muchas historias a la espalda que no se bajan cuando tengo que dar los saltos más importantes, una cuenta en números rojos permanente, 6€ en la cartera cuando aún quedan diez días para que el paro entre en mi cuenta, una adicción a no sonreír, a no disfrutar.

Tengo casi 32 años y la vida ha intentado abandonarme varias veces. Bueno, yo a ella. Tres veces.
Y antes de que la cuarta asome, se haga fuerte, decido parar.

Un adiós. Un hasta pronto. Un hasta siempre.

No lo sé.

Tan sólo sé que necesito parar antes de que los trozos sean tan pequeños que no consiga recomponerlos nunca más.

Os lo ruego, por mi bien. No quiero comentarios, preguntas, lamentos, despedidas, hombros ni ánimos.

Aprendí a recoger yo sólo los platos rotos. A pagar lo pendiente aun sin saber cómo. A agarrar las riendas cuando me quemaban las manos.

Y ahora me toca volver a hacerlo una vez más en mi vida.

Hace dos años que murió mi madre. Mi sustento. Hoy hace dos años.

Me he roto.

Cuidad de Valkiria por mí.

Nos vemos por Madrid.

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El frío va en patera

Siento que la guerra está perdida, cada vez que veo la sonrisa apagada de un niño, sin nada que llevarse a la boca.

Desplazado por una bomba, decenas de tanques, centenares de uniformes, millares de balas, millones de dólares dilapidando tumbas de escombros.

Te insensibiliza la sonrisa de una presentadora, que narra la desesperación de quien tan sólo ve en el alambre de espino, un rosal vasto, necesitando que alguien lo pode.

He visto, a través de quien mira al mar pensando en las horas a bordo de un puñado de tablas desorganizadas, montadas por mafias organizadas, que cobran cifras desorbitadas, por dejarte a merced de ese mismo mar.

La tripa hinchada, el corazón encogido.
El futuro vacío, las esperanzas rebosantes.
El arroz en la mesa, las lágrimas en el suelo.

Tu hijo nunca será ese Henry que sale por la tele, pero Henry nunca será el hijo de nadie más que una milicia, el esclavo de un fusil, el futuro de una guerrilla, el relleno de una fosa común, si es que tiene la suerte de ser enterrado y no siendo alimento de algún animal carroñero, que no sea un gobierno dictador.

Millones en proteger fronteras en lugar de poner escuelas, en lugar de germinar campos enteros con los que alimentar bocas, en lugar de silenciarlas, ponerlas en mute, mientras son las imágenes las que hablan de su guerra.

No todo el futuro es negro.
Pero sí hay negros, que necesitan un futuro.

¿Sigues mirando sin hacer nada?

Cuestión de gustos

Hace mucho que no llueve a mi gusto y me he limitado a aprender a bailar bajo la lluvia de otros.

Estoy aprendiendo a juntar consonantes y vocales, constantes y vitales, para desahuciar a la pena que se ha atrincherado en medio del esternón.

Supongo que no debo rendirme.
Pero que conste que ya he luchado.

Que he devastado campos enteros de margaritas.
Que he desterrado mi hambre de más para ser feliz simplemente teniendo hambre.
Que he vocalizado “amor” y siempre sonaba a soledad.

A la tercera, la muerte no me venció.

Y aquí sigo. Amasando destellos de lucidez que, como un prisma, me desvelan los colores de la oscuridad, que también es otro modo de luz.

Nunca quise ser más que nadie.
Y acabé siendo menos que yo.

Nunca lo sabremos

Cuando rompiste todos los juguetes, sólo te quedé yo y ya estaba roto.

No sé en que instante, la esperanza revoloteó por tu caos haciéndote creer que volvería a caer contigo, en ti.

Que volvería a comer de la mano que me muerde.

Que volvería a atentar contra mi vida para morir en ti.

Que repetiría argumentos caducados en tu lecho sin vida.

Que haría daño a la musa por un puñado de poemas de mierda.

Que daría una mierda, por un puñado de musas sin poema.

Que haría un poema,
De la mierda removida que me vendes siendo musa.

Qué mierda

Qué musa

Qué poema

Todos atascados en el mismo oscuro agujero.

Tiro de la cadena.

Disipada toda duda.

La vida se paga

Me di cuenta de que la vida es muy puta, cuando todo costaba dinero.

Cuando tenía demasiadas notas en borrador y eran personas.

Cuando siempre veía amanecer en el coche de camino al hastío que supone trabajar para vivir.

Recuerdo perfectamente aquel día.

Era tal día como hoy, uno cualquiera, uno menos, una “x” tachando a mala hostia una cifra en el calendario.

Sin más. Como siempre.

Aquel día me recuerdo rompiendo todas las reglas y quedándome con trozos idénticos de quince centímetros. La media española y sin saber con cual quedarme.

Supongo que mi boca salivaba recordando despertar sin alarma el día anterior. O quizá eras tú. No lo sé a ciencia cierta.

Era un día para dedicar sonrisas en lugar de atascos para cruzar la Castellana. Un día difuso de no ser por un libro. Una parábola sobre el advenimiento que nunca conseguí entender.

Sí, un día de esos en que te lo curras y exprimes naranjas para dos. Con vitaminas y todo.

Y es que lo que se oxida es la sonrisa, lo que se pierde es una mano que jamás te soltaría, lo que se anhela son conversaciones que nunca se dieron.

El pasado es un arma arrojadiza
Y tú, la mano que lo sujeta.

Ceguera

Nos empeñamos en hacer ver a quien es ciego por deseo propio.

Hoy me he tropezado con los escalones y me han preguntado por ti.
Me dicen que has convertido mi vida en una sala de espera,
pero que el cadáver ya está enterrado.

Fuiste el mayor desastre natural
y nadie dijo nada en el telediario.

He mirado al suelo contemplando el desastre. Recuerdos en ruinas, besos hechos trizas, promesas por todas partes y lo único que se ha salvado,
he sido yo.

Tu amor fue ese amigo imaginario que todos creímos tener algún día, pero nunca se dignó a aparecer el día del funeral.

Hoy una chincheta es lo único que te sostiene en mi vida
Y hasta eso se ha empezado a marchitar.

Te he dejado un mensaje en la nevera por si vuelves:

“En este congelador te sentirás como en casa. Siempre mío, Eme.”

Deshechos

He encontrado un corazón destrozado por la mitad y no he podido más que enamorarme de la herida.

Caben unas siete canciones de tu boca a la mía y eso me parece un mundo devastado de soledades.

A mí, que me he enamorado de todos y cada uno de los vacíos que dejó quien se fue a por tabaco y no volvió.

Creo que me he quedado atrapado en esa canción que suena en mi cabeza cada vez que me besas y tus manos recorren mis ganas con las tuyas.

Debo reconocer que el día que más me asusté no fue cuando me soltaron la mano, sino cuando decidieron no soltarme a pesar de todo.

Me encanta cuando me invitan a ser libre, para ver cuánto tiempo estoy dispuesto a quedarme.

Yo le deshice la cama,
Ella, la vida.

Derecho al olvido

La soledad es como la lengua áspera de un gato. Mola, pero nos falta costumbre.

Creo que te he olvidado tantas veces, que ya tengo más fotos con tu recuerdo que contigo misma.

A menudo tengo el pre-sentimiento de que por fin te he pre-olvidado.

A veces, me masturbo sin el suficiente amor propio y acabas apareciendo tú. Que es lo mismo que devaluar el euro y que todo se vaya a la mierda.

Ya me sé el truco.

Cuando me asalta tu recuerdo, levanto las manos, las coloco en la nuca y simplemente te digo:

Dispara

Así acabas con ambos.

Y por fin pasaste a ser un nombre más
en la lápida de errores consentidos.

Una cuenta pendiente
en el bar de la esquina.

Un recuerdo en descomposición
De un amor putrefacto.

La primavera apesta

A veces me asalta la terrible sensación de ser feliz.

He decidido coger al toro por los cuernos y menuda hostia.
No es tan fácil como en aquella peli de Allen en la que aborda a la chica en mitad de Venecia.
A mí también, casi, me da un infarto.

He llamado a mi médico y le he pedido cita para mañana.
Por tener alguna razón para levantarme y ya veré que me duele.

Doctor,
Me duele aquí, en los recuerdos, en las noches que regalé y en las que nunca me atreví a dar.
¿Es grave?

Así me lo imagino y también los quince días posteriores en la unidad de psiquiatría del doce de octubre.

En realidad, lo que yo venía a contaros, es que hoy me he cruzado con la primavera en el metro

Y no olía precisamente a flores.

Quiero decir

A veces tiendo la mano al orgasmo que me haga sentir más vivo que cualquier te quiero.

Quiero decir, derrapar en un cuerpo y no dejar marcas en el suelo, salvo la de tus manos contra el suelo de su espalda.
Quiero decir, como besarla y que huela a lluvia el resto del verano en mi cama.

No, aún no me habéis entendido.

Quiero decir, como abrir tu libro favorito por una página cualquiera y que ella aparezca ahí con la esquina doblada.
Quiero decir, como un asalto a mano armada, pero de otra mano que la salva.

Seguís sin tener ni puta idea de lo que os vengo a decir, ¿verdad?

Quiero decir, un animal que es capaz de parar todos los trenes por ti, pero que es incapaz de salir sola de la cama.
Quiero decir, como el yonki que es capaz de dejar una raya a medias por poner un punto final en tu historia.

¿Aún nada?

Quiero decir, como quien se carga la boca con metáforas y te las escupe en el pecho aún abierto por el balazo.
Quiero decir, como quien aborreciendo la sangre, se mete en la herida y se convierte en tapón.

¿Lo entendéis?

Porque yo

Tampoco.