De la rutina de lo cotidiano

Acostumbrarse al paso de las estaciones, como el ciego que se ha acostumbrado a no ver.

Sentir la pena como algo intransigente y normal como la flor que no sabe vivir más allá de la primavera.

Sonreír por mera costumbre, sin dar el valor que le da a la vida un enfermo terminal.

Acostumbrarnos a naufragar, como el que se sabe seguro del impacto cuando ve el iceberg y nuestro barco se dirige a el a toda velocidad.

Asentir ante la miseria de los abrazos forzados y los besos sin saliva, como el que muerto de sed bebe de la humedad de la tierra del desierto.

Hemos hecho rutina la tristeza y cotidiano curarnos las heridas.

Que pena.

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