Jodida, jodido.

No me gustaba -ni me gusta-
Verla llorar.
En ocasiones recuerdo su voz rota,
Como un alud de nieve.
Bebía de sus lágrimas pues me recordaban al mar.
Y escuchaba como se iba rompiendo un poco más, aunque amor, no se sí eso era posible.

No tenía consuelo para ella,
Supongo que cuando eres el problema y no la solución, un abrazo tan vacío de tiritas, poco puede hacer.
Quería abrazarte tan fuerte que consiguiera pegar tus trozos.
Pero me di cuenta que soy más un disolvente que un pegamento.

Que triste sensación, la de querer, la de amar, la de sufrir, la de soñar, la de querer despertar en ella cada día, la de querer verla volar, porque quizá en sus alas estaba mi felicidad y aún así, no tenerla.

No penséis -ni pienses tu- que fue irracional. Pues fue el amor, por desgracia, más racional que he vivido, más medido que una cumbre, más meditado que un divorcio, quizá más que una boda. Quizá la pensé tanto que no la viví. Quizá la quise tanto que me inundaron las ganas de besarla las veces que no la besé.
Quizá, pero sólo quizá, sea el amor de mi vida el que bajó esas escaleras, dejando la puerta abierta, quizá esperando que fuese tras ella, y yo no supe caminar tras su perfume.

En sus ojos me perdí infinitas veces y el miedo a no saber el camino de vuelta me hacia apartar la mirada.
En sus curvas me mareaba como en una montaña rusa cargada de emociones.
Cada beso, cada mordisco, cada roce de sus manos en mi, hacían que olvidara que hora era. Era hoy. Era el momento. Y quizá, quise ver la hora cuando era tarde. Cuando hoy era ayer, cuando ya no sonaba mi teléfono y si lo hacía no lo miraba, por la certeza ingrata de saber que no era ella.

Jodida certeza. Jodidos miedos. Jodidos monstruos de una infancia mal curada. Jodida almohada que me sobra. Jodido café que me sabe a ti. Jodidas las caladas que intentan entrar donde no caben porque estás tu aún.
Jodidas cuatro paredes y un techo que no abrigan, que no cobijan, que me atrapan y me recuerdan que tu -yo a fin de cuentas- estuviste ahí, marcando las paredes con tus dedos mientras tus piernas rodeaban mi cara y me dejaban beber de ti.
Jodida certeza, si. La de saber que no volverás.

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